Por VKO:
Instagram, una app para compartir fotos de lo que nos gusta, de lo que queremos expresar, de lo que comemos y de lo hacemos. Una plataforma que más que funcionar como un servidor de base de datos como toda red social gratuita, también ha desarrollado un nuevo lenguaje visual, una narrativa discontinua al deslizar las fotografías hacia arriba. Es también una plataforma donde - sin ser el propósito de la app - se refuerzan creencias que a su vez refuerzan algo, que es un tema de absoluta delicadeza, que por nuestra propia ignorancia, puede desembocar en consecuencias devastadoras.
Claramente y desde hace décadas, muchas marcas han capitalizado en la coerción de la gente a quien le quieren vender, una coerción que tiene que ver con establecer anhelos, sueños, metas y crear la ilusión a los consumidores, que eso es inalcanzable para ellos, a menos, que la marca los ayude a alcanzarlos, un “consentimiento manufacturado” en términos de Noam Chomsky.
Desde las sofisticadas técnicas de venta que emanan del manual KUBARK de la CIA de 1963 para interrogar (torturar psicológicamente y deshabilitar mental y emocionalmente a terroristas y enemigos de la guerra) hasta las “Lovemarks” con las que Kevin Roberts convirtió a Ogilvy en una de las agencias de publicidad más “persuasivas” del mundo, los consumidores jamás habían sido expuestos al reforzamiento y construcción de creencias en las tecnologías inmersivas.
Existe un entorno muy diverso de este fenómeno adentro de Instagram, depende de quién siga cada quién y de su criterio (entre otras cosas). Yo me quiero enfocar en el resultado o la consecuencia de la construcción y el reforzamiento de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA).
En lo personal navego entre la vanidad y la salud, mis entrenamientos en el gym tienen el propósito de verme y sentirme como me gusta, también porque quiero tener una vejez lo más ágil y sana posible, tomo proteínas y aminoácidos pero no me inyecto, tengo años trabajando en mi cuerpo y para algunos, los fisiculturistas, desarrollar los músculos es un arte y en verdad lo es. Dar más volumen a ciertos músculos y a otros no, es una manera de esculpir, de far forma con base al entrenamiento y la alimentación, yo estoy muy lejos de ser un artista así. Sin embargo, muchas veces no es ni siquiera un asunto de vanidad lo que detona una conducta trastornada, sino lo es aquello que nos han hecho pensar que realmente tiene un valor, cuando en realidad, no lo tiene.
Es muy complejo explicar la enfermedad del TCA, yo no soy un experto en el tema ni un terapeuta, sólo lo conozco de manera muy general. A grandes rasgos diré, que es una enfermedad donde una persona está obsesionada con el peso y el tema de la comida es un asunto bastante delicado. No es algo que como comúnmente una persona sin este padecimiento pudiera pensar que es un asunto de sólo “comer bien”, o “comer saludable”, es una enfermedad muy profunda y compleja que quien la padece vive en un dolor constante, a merced de una voz o varias voces que escuchan, como si otra persona viviera adentro de ellas y las obligara a castigarse. Es una enfermedad mortal, puede ser bulimia, puede ser anorexia, o pueden ser las dos. Una característica de esta enfermedad es la distorción; y es aquí donde sucede la construcción y el reforzamiento de las conductas que quiero tratar.
Desde hace mucho tiempo, antes de Instagram, las revistas, la televisión y cualquier medio tradicional, nos hizo creer que el éxito es tener mucho dinero, poder comprar cosas y funcionó. De la misma forma se nos construyó la idea, del cuerpo ideal. Se nos definió el significado de belleza y éxito de una manera inalcanzable. Sólo las marcas podían ayudarnos a alcanzar ese estándar construido por ellas mismas adentro de nuestra propia mente. (falta ver algunos maniquíes en escaparates que hasta los huesos horizontales a la altura del pecho llevan diseñados).
Esta distorsión de la que hablaba, en los TCA, es la manera en que alguien que padece esta enfermedad se ve y se siente a sí mismo, de una manera que en realidad no es. Al mirarse en el espejo, por muy delgados que estén (al extremo de estar en los huesos) se ven obesos. Se sienten la cintura y se sienten con sobrepeso. No encajan en ese standard para poder pertenecer, no son esa meta a la perfección. Entonces no valen, no merecen vivir, deberían morir. Eso piensan, eso sienten.
Muchos hombres y mujeres con TCA, pero particularmente mujeres, entran a Instagram y se deslizan sobre el desfile de fotografías de selfies, modelos en traje de baño, mujeres con un abdomen plano, muchas modelos publican las fotografías de sus shootings en playas preciosas, comunicando que tienen un modo de vida envidiable, incluso las publican a veces con algún comentario inspirador. Muchas de estas modelos podrían estar padeciendo el TCA, desafortunadamente, muchas tampoco lo saben. Los TCA en Instagram, refuerzan ese anhelo de tener el cuerpo perfecto, ven el suyo y se odian, odian su cuerpo, se odian a ellos mismos. Quienes no han desarrollado el TCA, están construyendo esos standards con ese tipo de contenido y seguramente, si son muy jóvenes, comenzarán a tener esas conductas de vomitar, comer más de lo que pueden comer y sentirse miserables.
Podrán decir “Pero qué masoquísmo, por qué las siguen, por qué se ponen a ver eso”, es que no lo saben, no es una cuestión de fuerza de voluntad, es una obsesión con el peso que se ve alimentada por estos valores desviados que nosotros mismos le damos a la estética.
Dietas, planes de alimentación, no son una cuestión de salud, son una cuestión de estética que bien en diferentes eras y regiones, ha cambiado. Igualmente el TCA siempre ha existido, los cánones de belleza en la edad media y el renacimiento eran lo opuesto al día de hoy (falta ver las mujeres en las pinturas), las mujeres zapotecas deformaban sus cráneos y a los hombres así les gustaban, la estética física es una cuestión cultural, no natural. En la naturaleza, los animales no están conscientes de la belleza ni de su belleza, un tigre no es consciente de lo preciosas que se ven sus líneas. Las proporciones y la proporción áurea aunque son naturales, no son para medir la belleza sino que solamente son las proporciones con que fuimos diseñados, la proporción entre la ceja y el párpado o entre el intestino grueso y el corazón no son cuestión de belleza, son una cuestión de salud y naturaleza. En cambio, nosotros sí atribuimos la belleza a la salud, un sutil argumento que disfraza la insatisfacción con el cuerpo, el odio al cuerpo propio y se le castiga con la comida. La comida está hecha para disfrutarse, si se come bien, una ensalada no lo hace a uno delgado y un pastel de chocolate no lo vuelve a uno gordo. Toda la comida es buena, toda, no hay alimentos malos (sin entrar a detalles de transgénicos sino hablando de no evitar alimentos para propósitos de estética), toda la comida es buena, comer varias veces al día es bueno. La cultura de la alimentación se ha torcido en función de los valores que le damos a una estética prefabricada, una estética tan inalcanzable que ha necesitado de photoshop para poder hacer pensar que sí se puede alcanzar.
Atracones, culpa, miedo, nervios, tensión, odio, ira, ansiedad, fantasía, bulimia, anorexia, vigorexia, todo esto a consecuencia de llevar “una vida saludable” siendo delgados, puesto así, ¿lo es?.
Todos estamos expuestos a los modelos mediaticos que construimos y nos construyen, pero es más fácil construir un sistema de creencias en los jóvenes y en los niños, que destruir un sistema de creencias de un adulto y volver a construir otro. Por eso es que este “fenómeno” no pasa desapercibido por las marcas, los niños son el target, inmersos en una nueva cultura de las dietas, de ser fit, de encajar, de pertenecer con ideales inalcanzables y sin valores reales; y que muchos de ellos terminarán, en estas conductas incurables.